OPINIÓN: JAIME OREJARENA GARCÍA
Si usted piensa que la campaña del tipo que apareció de la nada y ganó la primera vuelta es, como él dice, fruto de su trabajo, su empeño y su amor, está en un error.
Mi opinión -sin ninguna prueba de esas que valen en los tribunales y que en estas columnas no es necesario presentar quién sabe hasta cuándo pues si gana el tipo volvería la Inquisición…-, su campaña no fue producto ni del azar, ni del interés superior de nadie, ni de alguna alineación de astros. Tampoco producto del cerebro privilegiado de algún solitario “estratega”.
Es tal la filigrana en cada acto, en cada anuncio, en cada respuesta del candidato, en cada pelo de su barba, en el brillo de la cabina tras la cual se esconde para dar los discursos, que nada puede ser coincidencia. Solo su obsesión por la pulcritud y el acicalamiento, compiten con ese nivel de cálculo.
No se la inventó él, ni ninguno de sus asesores, ni el nieto de Laureano Gómez -el dueño del partido político que lo avaló-.
Esa filigrana fue estudiada, calculada, medida, comparada, costeada en pesos y riesgos. Hilaron detalladamente para buscar y encontrar dos cosas: una, qué asuntos sembrados en las almas de los colombianos los molestaban en exceso y, dos, qué personaje pondrían a representar el papel de candidato.
En cuanto a lo primero, seguro descubrieron que el colombiano ha sido adiestrado por años en varios tipos de odios. El odio al guerrillero –y a todo lo que se le parezca-, al indio por ser tan diferente a ellos; al negro al que tienen por vago, parrandero y vividor.
El odio al drogadicto al que no consideran enfermo sino “vicioso”; al marica al que quieren mantener enclosetado con la idea que así se les quita la maricada; al profesor de colegio público por los paros; a quien no profesa ninguna religión; a los políticos tradicionales; a Petro por cualquier cosa y a Cepeda por lo único que les quedaba después de meter preso -aunque fuera por pocas horas-, a un expresidente todopoderoso: por feo.
Pero la filigrana también se compuso de otros hilos sobre asuntos que el colombiano lleva en su ADN. El de la admiración por la plata mucha y fácil, el de la altanería disfrazada de valor, la preferencia para arreglar diferencias a golpes o a balazos, la pleitesía enfermiza al gringo y, en general, a quien venga del norte.
Faltaba encontrar al protagonista que representara todo. Y apareció no tan mandado a hacer para la operación, pero sí dispuesto a todo lo que le ordenaran y con las virtudes actorales requeridas.
Le tocó hacer varios cambios drásticos para ganarse el papel y aprobar su audición: regresar al país con todo y familia tras años en el exterior, convertirse en creyente de cuanta religión se le arrime luego de pregonar ser ateo convencido, aceptar que ya no le gusta la adopción de niños por parejas del mismo sexo cuando antes lo veía con buen ojo y un largo etcétera de transformaciones increíbles.
El fantasma detrás de la trama no parece improvisado ni de origen local. Este plan no provino del interior del país. Es tanta la filigrana que esto tuvo que venir de afuera. El plan y la plata.
Los que votarán por el tipo, sí son de cosecha propia. Y eso es lo más grave porque, si queda presidente, se irá tarde o temprano. Pero el odio que los inspiró, el rencor que los habita y el deseo inconfesable de venganza, permanecerán en ellos listos para responder al llamado de algún fantasma que sepa convocarlos.
OPINIÓN: JAIME OREJARENA GARCÍA