Opinión: Kico Becerra
Este es un susurro para los nacidos en el siglo XX.
La navidad tiene para mí el hechizo de volver a sentir, oler, palpar, saborear, mis momentos de infancia.

Es una devuelta al pasado, donde se combinan mis alegrías de la llegada del niño Dios, con sus regalos a la media noche, mientras estábamos en «misa de gallo», con el olor de la pólvora que todos los vecinos prendían y, el sabor a buñuelo y natilla, acompañados del canto de villancicos.

Es tener la necesidad de llamar, visitar y hacerle sentir a los familiares y amigos, nuestros sentimientos de cariño. Es demostrar solidaridad con los menos favorecidos. Es sentirnos niños sin prejuicios sociales.
Este bendito o maldito medio de comunicarnos, eliminó la alegría de comprar, escribir, mandar y recibir las tarjetas de navidad. Que reconfortante era sentarse a escribir nuestro mensaje navideño a quienes extrañamos y escoger o mandar a timbrar nuestros deseos de felicidad y cariño.

Que sensación tan especial era la llegada, desde lejanas tierras, de los mensajes de quienes nos recuerdan con afecto, en esos sobres de diversos colores que contenían las tarjetas de navidad.
Hoy, como ya no hay distancias, nos privamos de gozar de esa sensación y terminamos utilizando estos medios masivos e invasivos, para desearnos feliz navidad y un nuevo año lleno de salud y buenas cosas.

Sabemos que los sentimientos son iguales y que el afecto es el mismo, pero, tengo nostalgia de las «tarjetas de navidad». Por eso, a todos ustedes, mis familiares, amigos y lectores, les envío ésta, mi tarjeta navideña.

Que el niño Dios les premie siempre con mucha alegría, paz y felicidad.
Ñapa: Confieso que me hace falta compar las estampillas para los sobres de las tarjetas y el sabor a goma al pegarlas con saliva. ¿Eso será calificado hoy como inductor de consumo de sustancias adictivas? ¿Daría cárcel?
¡¡¡Tutaina tuturumá!! (¿Será palabra soez?)
Director: Habib Merheg Marún