Habib Merheg Marún

La inteligencia artificial (IA), tocó las puertas de El Vaticano y el mismísimo papa la atendió para dedicarle su primera encíclica: Magnifica Humanitas.

León XIV acaba de advertir en su documento lo que muchos sospechaban desde hace rato: que la humanidad podría estar entrando a una etapa donde la tecnología avance más rápido que nuestra capacidad moral para controlarla.

Y eso no es poca cosa.

Porque durante décadas el mundo creyó que el desarrollo tecnológico era, por definición, progreso. Más velocidad, más información, más automatización, más pantallas, más algoritmos, más “conectividad”. Todo parecía maravilloso mientras pudiéramos pedir un domicilio desde el celular o traducir instantáneamente una conversación en otro idioma.

Pero de repente comenzaron a aparecer las grietas.

Noticias falsas capaces de decidir elecciones. Jóvenes incapaces de distinguir entre realidad y ficción digital. Empresas acumulando más información sobre las personas que los propios gobiernos. Redes sociales convertidas en tribunales. Inteligencias artificiales redactando textos, haciendo tareas, creando imágenes, reemplazando trabajadores y, en algunos casos, hasta simulando emociones humanas.

¿Era esto lo que queríamos?

La nueva encíclica del Papa León XIV no parece escrita desde el miedo a la tecnología sino desde algo más profundo: la preocupación de que terminemos delegando nuestra conciencia a las máquinas mientras unos pocos gigantes tecnológicos concentran un poder que ningún emperador tuvo jamás y que las magníficas cualidades humanas emanadas de la propia Divinidad, terminen diluyéndose hasta acabar con su escencia.

Y tiene razón en preocuparse.

Porque el asunto ya no es si la inteligencia artificial puede hacer dibujos, canciones o responder preguntas. El asunto es quién controla esas herramientas, bajo qué intereses y con cuáles límites. O peor aún: si existen límites.

Mientras millones de personas discuten trivialidades en redes sociales, las grandes potencias libran una silenciosa carrera tecnológica donde el que domine la inteligencia artificial dominará la economía, la información, la guerra y probablemente la política mundial de las próximas décadas.

Trump lo entendió. China también. Europa intenta reaccionar. ¿Y América Latina? Mirando desde la tribuna, atrapada en sus peleas internas y eternas, que si la izquierda, que si la derecha, que si el escándalo de la semana. Y en medio de esa polarización agotadora, la región ni intenta discutir cómo prepararse para una revolución tecnológica que podría acabar millones de empleos, modificar la educación y cambiar incluso la manera en que entendemos la verdad.

Porque ese es quizá el punto más inquietante de todos: cuando ya no sepamos si una imagen, un video, una voz o una noticia son reales, ¿qué pasará con la confianza social?

Tal vez por eso el Papa habló de dignidad humana y no solamente de tecnología. Porque el problema no son las máquinas. El problema sigue siendo el mismo de siempre: nosotros y nuestro empeño ciego en perseguir velocidad, inmediatez, banalidad que disfrazamos de sabiduría.

La humanidad inventó herramientas capaces de hacerlo casi todo, pero continúa sin resolver asuntos básicos como la codicia, la manipulación, el odio, la desigualdad y la mentira.

El software avanza a velocidades que el alma humana cree asimilar sin comprender que, de no ponerle freno, llegará un momento en que no sabrá reconocerse si es de origen divino o salió de un laboratorio de dudosa ubicación.

(Esta columna usó ayuda de la IA para su redacción)Principio del formulario

Habib Merheg Marún