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Opinión: Habib Merheg Marún

De los placeres que todo colombiano tiene arraigado en su corazón, hay uno que insiste en permanecer pero que enfrenta hoy duros retos: una conversación de esquina. De esas que se hacen con amigos viejos y nuevos con los que se intenta arreglar el país como si se tratara de un consejo de ministros, donde todos saben de todo y nadie se mata con el otro por opinar diferente.

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El escenario por excelencia siempre ha sido “la tienda de la esquina”, un lugar no propiamente cómodo, ni amplio, ni adaptado para esa especie de congresos frecuentes que allí se dan. Es más: casi siempre suceden afuera de la tienda, en el andén, a donde sale don Pedro con las cervezas que se le piden con una simple señal.

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El lugar ha tenido siempre una condición esencial: la seguridad. Y los buenos precios. Como buena tienda de esquina, abre temprano y cierra tarde. Buenos precios, buena atención, seguridad y clientela. Sin hablar que muchos todavía fían y estructuran su crédito en un valor supremo: la palabra. ¡Los tenderos son todos unos empresarios!

Pero las condiciones están cambiando. Al recorrer barrios y veredas es cada vez más común oír a los comerciantes cómo la delincuencia los atropella y los pone contra la pared. No tanto por el atraco a mano armada -que existe y es grave-, sino por algo peor: la extorsión, aquel mal que serpentea silencioso mostrando sus amenazantes colmillos y asegurando que el que manda es él sin importarle si el amenazado cobardemente es una persona que escasamente produce para vivir o si es un “millonario”, categoría a la cual han ido elevando los bandidos a todo al que puedan sacarle un centavo con sus amenazas.

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Ante la disyuntiva de ceder o no a las extorsiones, hay variables que frente a las frías leyes no son admitidas en caso de optar por la primera: la seguridad personal y de la familia, el poder seguir subsistiendo del negocio, el prestar un servicio necesario, el trabajar, ser útil, pagar impuestos…

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Ceder o no ceder. Todo un tema para una conversación de esquina de esas que se perderán del todo si la delincuencia sigue graduando de “millonarios” hasta a los Pedros de todos los rincones y si como sociedad no somos capaces de ponernos del lado del bien.